Qué es, para mí, la buena vida.
(Lo de diaria se los dejo a cada uno)
Recuerdo la época que en Jumbo
había uno o más puestos de degustación de preparaciones, en la mayoría de los
casos publicitando un producto a la venta no demasiado lejos del stand. Un día,
ahí, en Jumbo, probé por primera vez en mi vida un champignon. Primero dudé,
¿qué era eso?, medio marrón, olía rico… no tardé mucho más en probarlo y decir
“¡Qué rico!, tiene gusto a pollo (?) Quiero más, mamá”. Tal vez fue antes, tal
vez después, pero cada vez afirmaba y me convencía de que había que probar
todo, que no sabía con qué me podía encontrar y, en el mejor de los casos, me
podía llegar a gustar mucho.
La vida es buena cuando sabemos
(y ojo, que eso se aprende) a disfrutar, justamente, de los buenos momentos que
la componen. Para mí, comer es uno de ellos, quizás el que más me importa,
porque si como algo rico, algo que me gusta mucho, hasta puedo tener un buen
momento en un día no tan bueno.
Viajar, cuando viajo siento que
la vida es buena.
Hace casi un año y medio me fui
un mes a Europa. El primer destino fue Roma, y recuerdo que cuando el avión
tomó carrera para despegar, sentí una vibración en todo el cuerpo, empecé a
pisar intermitentemente el piso del avión cual niña de 7 años al recibir una
Barbie, de la alegría y emoción que
sentía. No iba a ser mi primera vez en el viejo continente, pero era una nueva
vez, años más tarde, con otra edad, otra cabeza. Despegó y yo seguía sintiendo
esa cosita que me atravesaba los huesos, una felicidad inmensa frente a la
incertidumbre, inquietante y hermosa, de
un nuevo viaje.
Entonces la buena vida no creo
que pase por vivir en un penthouse del Upper East Side, o por tener una casa de
fin de semana en la Toscana italiana (aunque no me quejaría si la tuviese, J
) sino que, para mí, pasa por conocernos a nosotros mismos mediante ensayo,
errores y aciertos, para saber y poder recurrir y acudir a aquellas cosas,
momentos, personas que hagan de nuestra vida una mejor.
No puedo imaginarme la vida sin
comer cosas ricas y sin viajar, como alguna vez dije, son el combustible de mi
alma. Creo firme y fielmente que el disfrute al degustar un alimento, desde una
fruta o verdura, hasta un plato elaborado por horas, o un trago fresco en una
noche calurosa, me hace un mimo del que
no podría prescindir porque sentiría que algo me falta.
Cocinar es un acto maravilloso
que hace bastante tiempo forma parte de mi vida y que hace no tanto empecé a
profesionalizar.. Suceden muchas cosas alrededor de la cocina, y ¡Qué decir
adentro! Se movilizan todos los sentidos, como en los viajes. Se implican las
emociones, los buenos y malos humores, las molestias, las risas y a veces los
llantos. La música, los olores, colores y sabores. El placer de sentarse a la
mesa con el producto final, respirar y degustarlo. Pensar, criticarlo,
putearlo, amarlo. Conversar con quienes comparten la mesa… Pf, seguro me olvido
de algo.
Es uno de mis actos favoritos,
junto con el comer. Esa pausa necesaria. Pausar lo que sea que estemos haciendo
para sentarse alrededor de una mesa y dedicarnos a comer lo que tenemos
delante. No puede minimizarse algo tan especial.
El comer es un placer, no dejemos
que sea un momento ordinario.
Continuará…
















